hoy necesito un respiro: no una tregua ni una pausa (tal vez una tregua de la pausa) sino una primera bocanada de aire que me haga —ser— suya para siempre, otra vez.
y después del respiro un primer llanto, el más rico: el que llora el cuerpo en añoranza a la tierra. el mismo que a veces regresa cansado para rehuírle, recelarla o invocarla.
y después del llanto necesito tus miradas de silencio, tendidas como luces espaciadas, suspendidas en el no: incapaces de marcar un camino, suficientes para conducirme por la eternidad.
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